Prólogo de Mi abuela, mi patria de Gloria Mendoza Borda.
                   Un reecuentro con la matria (1)


Por Carolina O. Fernández

La poética de Gloria Mendoza Borda ocupa un lugar significativo en la poesía peruana y latinoamericana. Como sabemos, muy joven integró el grupo Promoción Intelectual Carlos Oquendo de Amat, fundado en Puno, junto a los poetas Omar Aramayo, José Luis Ayala, Gerardo García, Serapio Salinas y Percy Zaga,

Mi abuela, mi patria, su último poemario de carácter bilingüe, ilustrado por Luisa Patricia Aguilar y la fina traducción al aimara del poeta Sabino Maquera -miembro de la Asociación Cultural de Artistas "Viña del Juku”-, es un texto compuesto por dieciocho poemas que hurga la genealogía materna en la memoria, en los afectos e intuiciones. Si bien se encuentran pinceladas de esta búsqueda en la mayoría de sus obras, es en ésta en que sus huellas se perfilan con claridad.

El título define la poética de afirmación identitaria descolonial, en tanto el yo poético se reencuentra con Sollata, la comunidad campesina y el territorio que la vio nacer y con la rama materna, la matria, a través de la abuela en su imperativo siendo en el ámbito simbólico. La enunciante viaja por la memoria y trae al presente a la abuela -dos veces madre-, a la madre, al hermano, a los nietos, a la familia y sus desencuentros con la patria oficial.

La abuela es la artista,  la maga,  la fuente de saber, afecto y sabiduría, de amorosos dones, creadora de juegos infantiles,  laboriosa, de escapes maravillosos; un ser fundamental en la familia que desborda los límites fronterizos de la patria y de la eternidad:

Jach'a taicajaniwa jupaxa/ Nan lart’iri, nan tuqt'iri, nan sankt'iri, wititjama / Janipiniwa armt’askati/ Muñikanaka luriri nayataki, / Ch'iara nayrani, lakapas lart’iri,/ Ajanupas chupika / Pullirapas alluja,/ Qamaqinpi anatiñataki qullunakana,/ Muspt'añanawa kunjamasa/ Abujapampi, didalupampi,/ Qant’ayanaja aka wasaranakja,/ Tupu phayaña / Nina q’uchuna utt'atanawa tallirapaja.

Ella fue mi madre grande. Mi primera artista en vivo / jamás la olvidaré /
creando muñecas de trapo para mí / esbozando los ojos negros, la boca socarrona / las chapas rojas / haciéndole vestidos para que juegue / con imaginarios zorros de los cerros / gustaba esbozar paisajes andinos / con aguja y dedal / su taller junto al fogón.

La abuela es la gran artista, tejedora de historias, de la suya y la del sur andino encarnado en las muñecas que acompañan la memoria, en sus ojos negros y sus chapitas coloradas, en la belleza del paisajes. La memoria y los afectos retrospectivos marcan el tiempo presente. Cómo no recordar el andar de la mano con la abuela, sobre todo cuando algo quebraba la ternura en el hogar. Entonces, salían juntas a pasear, no importaba la lluvia ni impedimento alguno. En un acto de rebelión, ese día la abuela abandonaba la casa sin preparar los alimentos cotidianos, prefería salir, jugar con la nieta y alimentarse de luz. La sabiduría del quillay y el rezo en la iglesia iluminaban sus espíritus.

IV
Awichitajaru thutuyapjanaja/ Amparajata kat'auvirutuja, ukatja,/ Sarapjiritxa, jallus piskpansa, chaqtañakama / Phaphilanku thaqaskirjama. /Qhatunja, thuqt'an thuqt'an, /Jani jamp'aturuja takjatanlaiku. / Quillayawa p'iqipanja llijtirija, /Ch’iarakinawa ñik’utapaja./ Iglisias sumanajawa, qalat lurt’ata / Markanja firucarrilanaka suit'asipkiritja / Walipini alantawirija muñikitanakataqija/

Ukuruja janiu phayañakiti/ Wali sayt’ata thuqt’apjiritja / Allchhipa munata wawapiritua.

IV
Cuando mi abuela se molestaba / me cogía de la mano / me llevaba a pasear en plena lluvia / nos perdíamos / como buscando mariposas / saltando para no pisar sapos / por el mercado / cortezas de quillay la iluminaban / nunca vi canas en su cabellera / la hermosa iglesia / enchapada en piedra / nos aguardaba / en la ciudad de los ferrocarriles /compraba más atuendos para mis muñecas / ese día no cocinaba/ era su rebelión / esa era nuestra fiesta


La pregunta por el ser y su trascendencia no fue ni es una inquietud exclusivamente occidental, también la encontramos en estas latitudes moldeadas por los Andes y el desierto. En Oriente, Lao Tse, propuso seguir con sencillez el camino de la naturaleza, sin dejarse avasallar por la ambición y el poder y la violencia que conllevan. En estos territorios, la globalización y la colonialidad del poder impusieron el racismo, el patriarcado, la ambición teñida de seudodesarrollo y subalternizó otros saberes. Una gran parte de las comunidades “mestizas” se identificaron con Occidente y negaron las prácticas culturales y conocimientos propios.

El yo poético retoma del olvido lo negado, lo invisibilizado, para nutrirse y darle el debido valor en la constitución del ser y el acontecer. En ese sentir, el ser no es una identidad fija, el ser es un devenir histórico, social, hijo/hija de la naturaleza en su continuo siendo en tiempos y espacio diversos. La enunciante deja de ser la muchacha que desconocía sus orígenes, revitaliza a la abuela, se ve en ella, es su espejo:

VI
¿Awichitjämati? janiwa yaykti / Ñik’utajasa k’iwinkinkuni/ Ukaja, aka p'iqinwa jakaski / Ist’askitua, thayawa situja /

VI
No sé si me parezco a mi abuela / los cabellos ligeramente ondulados / la susceptibilidad / está viva en mi memoria /

La vida es un acontecimiento. El yo es un ser histórico que transita entre el nacer y el morir. No es exclusivamente conciencia ni algo dado sino un devenir finito. Pero el ser/acontecer en el mundo no sólo es histórico, es corporalidad, territorialidad, psique, tiempo.

La abuela Gumercinda fue una mujer siempre en actividad, siempre en movimiento, su larga cabellera “cimbreante” lo decía. El yo poético la recuerda con un particular estilo y dignidad. Siendo la madre hija única, la abuela Gumercinda fue la madre de las dos, “corría como una perdiz” para preparar los alimentos a los hermanos mayores, ella era la quinta y la que recibió una formación inolvidable debido a que transcurrió con ella su primera infancia:

sé que me escucha me lo dice el viento / el aire, el río, la flor silvestre, el sabor a naranja / yo vivía con mi abuela Gumercinda

Jawiras, pankaras, laranja musk'askiwa / Awichitajampi utjiritua./ Gumircindaj awichitja, aparapjitua/ Awichitaja sapakiwa jakust’askija/ Marka thayan utapanwa.

El yo poético recuerda su estancia en la Escuela fiscal en donde estudiaron con su hermano y trabajó la madre, fue en la comunidad campesina Sollata, ubicada en el distrito de Juliaca, provincia de San Román de la región Puno. Para llegar a la Escuela había que caminar largos trechos, atravesar campiñas y ríos. Salían en la madrugada y retornaban muy entrada la noche; Viene a su memoria el mugido de las vacas, las nubes que asolaban, el temor a la densidad de la noche. En las nocturnidades claras salían con el hermano a la ribera del río: “aún veo rojos ocasos de sol reflejados en el agua/ recuerdo la brillantez de la luna llena”

El reencuentro simbólico con el lugar de nacimiento, con Sollata, implica un nuevo nacimiento; la enunciante reprocha el silencio de su madre, silencio que fue roto por la tía Zoila por quien se enteró que la atendió “el partero de la comunidad don Raúl Paricahua”.

Su renacer se expresa en su reconocimiento a la comunidad y a la abuela Gumercinda, un mundo menospreciado por la racionalidad instrumental de una república y estado nación que racializa y oprime, comprende el por qué del silencio de la madre. Para la familia y para la mayoría de la patria oficial, el mundo de la abuela era insignificante:

(…) un nombre irreverente / una kantu silvestre / una pukuna de tierra / un nombre anónimo / un nombre a destiempo / un nombre que ya no suena /una media naranja / una chomba vacía / dirán que no es tiempo de horquetas / mi abuela esperaba la resonancia del tren /para comprar huevos de pato / en la estación / la abuela Gumercinda / si no la recuerdan es porque no la conocieron. (Poema I)

(…) Ma suti jani uñt’ata /Ma suti jani marani / Ma suti jani chintiri/ Ma chiqata laranja / Ma isi jani kunani /Sapjani jani hurqitan urupakiti/ Awichajaxa suyanaja trin tuquntaniri/ Patu k’auna alasiñataki / Gumircinda awichitaja/ Jani amtupktati, jani /Jumanakaja uñt’awapktati (Poema 1)

A diferencia de la madre, la imagen del padre es la de “indiscutible líder”, semejante a la del maestro José Antonio Encinas, amigo de su padre, visitante de las escuelas rurales, ellos abrieron el universo aimara, el mundo de la abuela. El mundo occidental, quechua y aimara se reencuentran y desencuentran en su poética; la heterogeneidad cultural y estructural dejan sus huellas en el cuerpo y en el alma. Su primera visita a Huancané fue definitiva en su compenetración con el universo aimara. El recibimiento del padre, cerca a la belleza del Pecosani, una laguna sagrada, marca la huella simbólica de ese encuentro:

XV
(…)
mi padre nos esperaba en la Compuerta / de Pecosani con imaginarios sicuris / nos dieron la bienvenida / furiosos relámpagos / con flechas alucinantes / junto a la lluvia, papá / allí definí mi impacto walawala / ante el agobio de la ausencia de la abuela.

XV
(…)
Aukijaxa suit'apjituxa Picusani punku mantañanwa /Sikurinakasa tuquntanaja sankanjamawa / Katukapjituxa k'iju k'iju irrumpido/ Flichanakjamawa llijtupjinixa alluja /Tata, ukanwa thuruntja saludará/ Awichitaj laiku, chhacawïpata


La abuela Mayo, es el yo poético que evoca a la abuela materna de su infancia, quisiera ser como ella, peinarse como ella, coser como ella, pero lamenta haber perdido todo ese saber por la engañosa modernización de aparente prosperidad que se infiltra en la vida cotidiana de las gentes, hasta repudiar la belleza y riqueza de la Naturaleza y de lo propio. No hay mejor ejemplo que la leche Gloria que deja de ser leche, remarca con ironía, develando la relación colonial que entorpece y destruye la vida libre de la población:

XVI
Cuando su ondeado moño aflora en mis sentidos / soy la abuela Mayo / la abuela Mayo inventada / quiero hacerme un moño y no puedo / quiero coser y no puedo / perdí mi nombre por culpa / de la vaca Gloria que no era tan leche / en mi país gobierna la mentira / tengo vergüenza de ser llamada Gloria.

XVI
Kunaurasati ñik’utamaja nayaru mantitani / Ukhaurasawa, mayu awichatwa
/ Mayu awicha inunqt'ata /Jupxam muntja, inamayawa thimisktja / Ch’uquñ muntja, inamayawa t'isisktja /Sutijas chhaqhata, wacagluria lichiwa aparituja / Nan markajanxa, k’arinaka utt'asija /Phinq’astua Gluria sutijampixa

Si bien el alimento materno, de afirmación, fue arrancado cuando la alejaron del territorio de la abuela, su presencia ha estado y está latente hasta ese definitivo reencuentro que convierte a la gran matria negada en su gran patria grande: “te hiciste mi patria eterna abuela/ rompí todas las fronteras/ en todas las ciudades recorridas/ quedó el río ”.

Febrero de 2018

(1) Prólogo del libro: Mi abuela es mi patria de Gloria Mendoza Borda, por Carolina O. Fernández.

Mi abuela es mi patria, Lima, Asociación Educativa y Cultural Ventana Abierta / Arteidea, noviembre, 2018.

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